April 20th, 2012

Leyendo

Sus tacos golpeaban el asfalto rítmicamente.
Largas piernas delgadas huían de una corta minifalda color champagne. Estaba vestida para matar.
Michelle, cuya belleza habitaba tanto en su rostro como en el resto de su cuerpo, era de cabellos dorados y ojos verdes rasgados.

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Lola se puso cómoda; se sacó los zapatos y los cambió por un par de pantuflas. Se sirvió una chocolatada bien caliente y se sentó en el escritorio junto a la ventana a leer su nuevo libro.
Ella tenía una forma muy particular de elegir los libros que luego devoraba en el transcurso del fin de semana. Se paraba en el comienzo de una de las estanterías frontales de la librería, cerraba los ojos y con su dedo índice apoyado sobre el lomo del primer libro, avanzaba acariciándolos a ciegas. De pronto, cuando sentía un cosquilleo particular, cuando el universo y el destino se lo indicaban, se detenía y el libro que se encontraba tocando en ese momento era el que se llevaba. Sólo leía su titulo y contemplaba la cubierta, el resto era un misterio que, ansiosa, esperaba a descubrir los viernes por la tarde.
Y así fue como Lola llegó ese viernes a su casa, después del trabajo y realizó su ritual para poder comenzar a leer su nuevo libro.
Abrió la tapa, pasó dos o tres hojas hasta el inicio de la historia. Leyó la primera palabra, la primera oración, el primer renglón, el primer párrafo, la primer página, la primer hoja y el primer capítulo. Cerró el libro, se quedó con sus ojos en blanco mirando hacia al frente. Estaba atónita, shockeada. Volvió a abrir el libro y releyó rápidamente todo el primer capítulo…

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Michelle se encontraba frente a Milo. Él estaba de pie con una expresión de incredulidad en su rostro y el torso abierto de punta a punta. Tenía las costillas rotas y el esternón quebrado dejando ver una cavidad vacía. En el piso, una laguna de sangre ensuciaba los zapatos de Michelle. Ella tenía su corazón en la mano derecha, estrujado, mientras éste escupía las últimas lágrimas que le quedaban.
Milo le suplicó que no lo dejara, pero ella ya había tomado la decisión. Le preguntó si había otra persona pero esta vez, ella calló. Dejó caer el corazón, antes de irse, el cual regreso rodando hasta los pies de su dueño y siguió latiendo dolorido.
Milo había preparado todo para pedirle casamiento a Michelle y sin embargo la noche empezaba dejándole una sensación de desgarro en el pecho y el corazón abandonado lejos de él.

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Lola pasó del asombro a la indignación, de la incredulidad a la furia.
Alguien había plagiado su historia, palabra por palabra. Allí tenía su cuaderno y pese a ello seguía en estado de negación. Tuvo que comparar renglón por renglón para dar crédito de que alguien le había robado, por completo, su historia.
Pero después de unos minutos, no pudo esquivar los hechos y finalmente lo aceptó.
Respiró hondo entonces y se dispuso a leer el final. Sus dedos avanzaron rápidamente las hojas desde su filo hasta llegar hasta las últimas tres.
Estaban en blanco…

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Sus tacos golpeaban el asfalto rítmicamente. A medida que avanzaba, la sangre desaparecía de ellos: Ya no había rastro alguno en su cuerpo de ningún sentimiento por Milo.
Un camión pasó a su lado a alta velocidad y las luces se reflejaron pícaramente en su espalda. Un haz se movió por los contornos de sus alas, como si las dibujara, dejándolas al descubierto por un segundo.
Michelle siguió caminando despreocupadamente… Su destino se encontraba cruzando la calle, como el cartel luminoso se lo anunciaba.

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“El Velo” -eran las últimas palabras del libro antes de tornarse en blanco las páginas del libro que tenía Lola a su frente.
Sumergida en un mar de incredulidad, se dejó caer en la silla que estaba a su lado mientras se preguntaba cómo podía ser posible que alguien, no sólo robara su historia sino la publicara sin final.
Cómo podía ser que alguien pudiera saber sobre su sueño, ese que la atormentaba todos los días puntualmente a las 3:33 am. Y mientras se preguntaba eso una y otra vez, comenzó a lloriquear sin siquiera darse cuenta.
Pero de pronto, mientras sus lágrimas se suicidaban sin pausa, una idea se hizo presente en su mente dejándola con la mirada perdida.
Qué era lo que más le molestaba: Que le hubieran robado la historia que soñaba todas las noches o que también habían fallado al intentar encontrarle un final como ella lo venía intentando hace años…

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Michelle entró al boliche y una vez que llegó al final de pasillo oscuro, respiró hondo y relajando el cuello dejó de ocultar sus alas.
Al ingresar al salón observó que estaba lleno de gente, como siempre solía estarlo los viernes. Intentó mirar sobre el tumulto para ver si podía ubicar a Mikah y tras unos segundos lo hizo. Allí lo veía, a la derecha del sátiro, hablando con una mujer cuya larga cola intentaba enredarse en las piernas de él. Se ayudó de sus manos para abrirse paso, guiándose únicamente por el reflejo de las luces intermitentes en el brilloso pelo azul de su objetivo.
Al llegar, Mikah la miró y le sonrió con esa media sonrisa pícara, generadora de un torbellino de sensaciones dentro de Michelle. Ella no estaba acostumbrada a eso, pero no podía evitar sentirse atraída hacia él pese a que no le gustaba la indefensión que le producía.
Él se despidió gentilmente de su acompañante, a quien esto no puso de muy buen humor, y tras agarrar de la mano a Michelle, caminó hacia un lugar con un poco menos de gente.
Cuando encontraron un espacio donde poder estar más cómodos, sin chocarse con nadie, Mikah miró  profundamente a los ojos de ella y la besó. La besó larga y apasionadamente cual beso perfecto que todas las jóvenes sueñan recibir de su príncipe.
En ese preciso momento, Milo ingresó por la puerta, a paso dolorido con algunos hilos que escapaban de su remera escote en “V”. Se había colocado un corazón de fantasía, en lugar del suyo, y se había cocido el pecho para poder salir tras Michelle.
Al salir del pasillo oscuro, buscó entre la multitud y luego de unos segundos reconoció en un rincón del salón la figura de la mujer en cuestión. Le impactó verla con alas y sobretodo, besando a ese elfo de pelo azul… Se ve que no había sido sólo él, el que había guardado secretos…
Fue en ese momento preciso en el cual su ira estalló y no pudo contenerse, echando una maldición sobre su amada Michelle.
Y así fue como Milo la arrancó de ese mundo mágico condenándola a vivir del otro lado del velo, donde la rutina y la gris realidad la apresarían, para dejarle recordar, solamente en sueños, rastros de su verdadera vida, sin permitirle saber, que ella misma había sido la protagonista de la historia a la cual nunca le encontraría final…

21/08/11
by Sabrina Sor